La cola que me pisan

Decidir ayudar es bien satisfactorio. Hacerlo, de verdad ayudar, es doblemente satisfactorio. Para mí, ayudar se siente igual de fregón que cuando tengo muchas ganas de un postre por varios días y nomás no lo encuentro. Y cuando lo encuentro, me sabe 500 veces mejor de lo que esperaba.

Pero ayudar, como comer pasteles, también engorda. Los pasteles, las lonjas; ayudar, el ego. Cuando ayudas sabes que puedes más que aquel que necesita ayuda, y eso engorda al ego. Cuando ayudas tienes más recursos que aquel al que ayudas, y eso engorda al ego. Cuando ayudas, sientes que eres más grande que aquello horrible que estás remediando, y eso -evidentemente- engorda al ego.

Y bajar de peso al ego es tan fastidioso como hacer ejercicio y ponerse a dieta. Es tan doloroso como dejar de comer pasteles. Es tan riguroso como ir al nutriólogo. Es tan estricto como olvidarte del pan y las tortillas.

A mí, como a todos los que ayudamos, se me empieza a poner pesado el ego. Pero para eso tengo a mis amigos PataPiratas que siempre me recuerdan lo gorda que me estoy poniendo. Y hoy fueron bien lindos mis amiguitos santos… mjm… y me acordé de la cola que tengo larga larga…

Ya he escrito mucho sobre esterilización y cada que puedo hablo al respecto. Ya me enojé con amigos porque les digo que es una reverenda estupidez que quieran cruzar a sus perros. Y si me empeño tanto en el tema, evidentemente, es porque yo crucé a Kika.. hace 13 años.

Kika murió esta semana. Y la extraño como es natural extrañar a alguien que vivió conmigo 15 años y medio. Kika no conoció la calle, nació dentro de la casa de alguien que levantó de la calle a su mamá preñada y a los 3 meses y medio vino a vivir conmigo. Mi papá me hizo firmar papeles, prometer muchas cosas, y cuidarla como si fuera un bebé humano. Y eso hice. Y Kika murió porque su corazón tenía todos los años perro del mundo y murió contenta, en un día bonito, consentida hasta el cansancio.

Tengo el privilegio de cuidar a otros tres perros, y con cada uno he ido aprendiendo muchas cosas. Pero la que me enseñó a cuidar perros no fue Kika, fue la que llegó apenas hace 10 meses a mi vida. Por Aacini aprendí de etología, de salud animal, de nutrición canina, de entrenamiento, de por qué restregar la nariz de mi perro en sus miados es una soberana estupidez. Fue por Aacini que aprendí… y aprendí porque me tenía hasta el cuerno con sus travesuras.

A Aacini y a Endor les tocó una mamá educada. A Kika y a Dagobah les tocó la otra, la que tenía 15 años cuando llegó Kika y 25 cuando llegó Dagobah y había desperdiciado una década de su vida creyendo los mitos que oía en todos lados, como el de pegarles con periódico, o restregarles la nariz a las cacas, o dejarles las croquetas todo el tiempo para que no les dé hambre o cruzar a Kika para que no le diera Cáncer.

Kika tuvo 4 cachorros. Dos de ellos murieron al año porque sus papás los paseaban sin correa. Los otros dos no sé dónde están. No sé cuántos cachorros tuvieron esos hijos de mi hija. Cuando mi papá murió, Kika tenía 6 años y asustada porque se enfermara de tristeza, pasó esa primera noche en casa de una amiga mía, que tenía un perro muy parecido a ella. Ninguno de los dos estaba operado. Kika regresó preñada.

60 días después parió un cachorro gordo y obeso entre mis piernas a las 4 de la madrugada. Se sentó en él y lo asfixió. Yo lloré muchísimo. Era un segundo funeral en muy poco tiempo.

Cuando cruzamos a Kika pensábamos de verdad que le hacíamos un bien, que le procurábamos un factor de salud, que estábamos evitando Cáncer. Ni cuando pagamos las vacunas de los 4 cachorros entendimos que era justo el precio de 4 esterilizaciones. No nos dimos cuenta en ese momento del gran negocio que era para el veterinario que nos sugirió cruzarla. Ni cuando a Kika le salieron los tumores y hubo que operarla.

Esa es mi cola. Yo, la radical de las esterilizaciones, crucé a mi hija. Tenía 19 años y ya sabía lo que hacía y fui floja, no investigué, me tragué la primera que me dijeron y crucé a Kika. Y de verdad no se me olvida cada vez que alguien me dice: la quiero cruzar para que no le dé Cáncer. Sé lo que sintieron.

Pero ya pasaron 11 años de eso y hoy guardé todos los papeles de Kika, junto con su certificado de incineración y pensé en sus hijos. Pensé en dónde andarán. Vi a los que la sobrevivieron, a Aacini (que en dos semanas se va a la plancha de esterilización), en Dagobah (con quien sí hice lo correcto y la esterilizamos luego luego y en Endor que cuando crezca perderá sus canicas.

Ellos tres están seguros. Ellos tres no tendrán hijos regados que yo no sepa dónde estén ni si están bien cuidados.

Todas las colas se pisan, pero hay algunas que pueden levantarse.

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Un comentario en “La cola que me pisan

  1. Si, se lo que es eso!!!Y aun mas doloroso, pisarse la de uno mismo… pero es que también nadie nos educa en cuanto a la esterilización y tampoco nos hablan de la sobrepoblación de perros y gatos, yo creo que cuando se es joven por la falta de cultura y educación todos pasamos por lo mismo que tu, y cuando nos damos cuenta la cola nos empieza a doler por los pisotones. Pero el mejor remedio para el dolor es divulgar la información, para que otras personas no cometan el mismo error…

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