Por qué vale la pena adoptar perros adultos

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Estás pensando en adoptar y ya te imaginaste echadote en el sillón, viendo la novela de las 10, perdón, el futbol acompañao de un dormilón cachorro de tres meses. Dime que no. Anda, dime que me equivoco.

Es más, te imaginaste a un chiquito metido en tus botas y te mueres de la ilusión. ¿Verdad que sí?

Mi vida santa, mi chiquito hermoso… Bienvenido al mundo de la fantasía. Población: TÚ.

Todos los que andamos en esto de la animaleada sabemos que los adoptantes buscan “un cachorro bonito, que sea juguetón, que esté educado, que sepa estar solo, que se lleve bien con niños, con perros, con políticos…” y no piden nieve de limón porque no tenemos puesta esa opción en las solicitudes de adopción.

Pasa con los adoptantes lo que con cualquier ser humano que anda en búsqueda de algo nuevo en su vida: “Yo sólo quiero un novio fiel, que sea divertido pero no borracho, que su familia sea ultra light, que estudie y trabaje y sea estable y tenga tiempo para mí y que le gusten las películas de Meg Ryan”.

Queremos algo que no existe, porque no nos hemos puesto a pensar qué es lo que cada quien puede ofrecer a cambio.

Los primeros años de vida de un perro son iguales que los de un ser humano, la pura adolescencia en su más concentrada definición. Los animales son (somos) presas de las hormonas que permiten que crezcamos, y en el proceso, descubrimos el mundo no siempre de la manera que el resto de nuestros compañeros esperan. Pregúntenle a su mamá si ustedes siguieron siendo los bebés que adoraban pero cuando tenían 16.

Un perro adulto ya pasó por ahí, ya sabe que no está chido orinarse cerca de donde come o donde duerme. Que siempre es mejor hacerlo lejos de esos lugares y que vale la pena aguantarse para hacerlo en el lugar permitido dentro de casa o en el paseo. Lo aprendió de la misma manera que tú (bueno, a ti no te pegaron con un periódico como erróneamente le pegaron a él, pero eso sí, se tardó menos años en aprender que tú).

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También sabe que los sillones no son para morder, que para eso tiene juguetes. Como un niño sabe que un tenedor no va insertado en el chufe de la pared, o como un adolescente aprende que si no limpia su cuarto, nomás no hay con qué torcer el brazo de los papás.

Los seres vivos aprendemos de las experiencia, vamos acumulando recuerdos de cómo hacer las cosas, pero más importante aún, vamos apaciguando las hormonas. Un perro de tres años en adelante será mucho menos activo que uno de tres meses o de un año. Buscará los momentos de descanso de la misma manera en que un humano joven los busca. Y podrá compartir la apacible flojera de echarse al televisor sin estar fregando con que juegues con su pelota.

Perro viejo, no aprende trucos nuevos.

Mucha gente evita adoptar un animal adulto porque cree que no se acostumbrará a los hábitos de la familia. Lo que no se toma en cuenta es que ese animal ya conoce ciertos hábitos que puede relacionar con algunos nuevos. De que se necesita un periodo de adaptación, se necesita. Pero la misión no es imposible.

Los animales adultos de la misma manera que un humano adulto, buscarán la forma de adaptarse a su entorno. Es muy sencillo de entender: si ése es el hábitat, a ése hay que acostumbrarse. En estas circunstancias queda mucho mejor el refrán: “ A dónde fueres, haz lo que vieres”.

Cuando estamos en búsqueda de un compañero animal nos imaginamos una película ya editada, donde los problemas se ven como un momento en fast forrward y con música ambiental. La realidad es otra: levantar cacas da náuseas, los miados se impregnan en la alfombra. No es bonito ver tu celular con estertores electrónicos luego de haber sido masticado, y el coraje y frustración provocados por esos momentos no duran segundos como en las películas, duran días – en los seres humanos más rencorosos y menos pacientes, hasta meses.

Al adoptar un animal adulto te ahorrarás el 80% de los incidentes provocados por “mala conducta” y le darás oportunidad a un animal al que difícilmente alguien más le daría cobijo. Evidentemente, ellos no son tan listos como tú. Ya sabes, ese gran bulto de la población que es Totalmente Algo y que quiere verse como los demás y que quiere el perro que está de moda.

Cuando pienses en adoptar, trata de cerrar los ojos y abrir la cabeza: ¿cuánto tiempo tienes?, ¿qué clase de actividades quieres y puedes compartir con un animal? Y no tengas miedo en preguntarle al rescatista o encargado del refugio si alguno de sus animales también le gusta desvelarse como a ti y prefiere estar dormido echado al sol que corriendo bajo él.

En 10 años, cuando tu perro ya sea un gran chocho y tú estés presumiendo tu cirugía plástica para quitarte esa misma década del rostro, verás la película de tus recuerdos editada y con tu música favorita, pero no te saltarás ninguna travesura, ningún desastre animal porque sabrás que al fina, tú también la regaste… como el adulto que eres.

Date una vuelta por los refugios, busca en las páginas de los colegas, animales que tengan más edad de la que esperas y darles la oportunidad de conocerte. En una de esas, les caes bien.

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