Imagen

Sólo son cables

Mientras yo soñaba que veía a Aacini, la perra culpable de PataPirata, quien se comió las escrituras de mi casa, el último edredón que hizo mi madre, unos 2 mil pesos en billetes de 200, y masticaba a Iquimeh hasta que se hartaba, mis gatos destruyeron un cable.
La gente normal diría: ¿cómo no terminaste “regalando” a esos animales? Aacini es el amor perro de mi vida. La extraño todo el tiempo. Y sé que si viviera conmigo ya habría matado a todos mis gatos y masticado a mis perros. Pero la amo. No es una cosa que pueda regalarse. Hoy vive con su papá quien, tras separarnos, se la llevó porque era mejor para todos.
Sospecho que Coruscant se comió el cable. Y lejos de enojarme, me hace pensar que ya se siente con más libertad de hacer cosas, que se le está pasando el síndrome de gatito asustado. Eso me gusta.
Ser animalero implica amar a los animales por ser exactamente como son, cacas y pipí incluidas, pero también destrozos, pérdidas materiales y contratiempos.

Anuncios