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Sólo son cables

Mientras yo soñaba que veía a Aacini, la perra culpable de PataPirata, quien se comió las escrituras de mi casa, el último edredón que hizo mi madre, unos 2 mil pesos en billetes de 200, y masticaba a Iquimeh hasta que se hartaba, mis gatos destruyeron un cable.
La gente normal diría: ¿cómo no terminaste “regalando” a esos animales? Aacini es el amor perro de mi vida. La extraño todo el tiempo. Y sé que si viviera conmigo ya habría matado a todos mis gatos y masticado a mis perros. Pero la amo. No es una cosa que pueda regalarse. Hoy vive con su papá quien, tras separarnos, se la llevó porque era mejor para todos.
Sospecho que Coruscant se comió el cable. Y lejos de enojarme, me hace pensar que ya se siente con más libertad de hacer cosas, que se le está pasando el síndrome de gatito asustado. Eso me gusta.
Ser animalero implica amar a los animales por ser exactamente como son, cacas y pipí incluidas, pero también destrozos, pérdidas materiales y contratiempos.

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La casa de los 160 gatos

Ser animalero es una ocupación complicada. Doña Marta y sus 160 gatos sabían mucho de eso.

Los animaleros recibimos dos reacciones cuando aclaramos que dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos cotidianos a los animales. O bien nos aplauden o nos cuestionan. Y si nos aplauden, muchas veces terminan diciéndonos cómo podemos hacer las cosas mejor.

Hoy comenzamos el día con una animalera menos y 160 gatos sin tutor. El cuerpo de Doña Martha se detuvo pero esperamos que su espíritu nos llene a todos.

Aunque nunca tuvimos el honor de conocerla, en PataPirata estamos agradecidos por el ejemplo que Doña Martha le da a cualquier ser humano que quiere hacer algo por otro ser vivo.

Si quieres ayudar a la Casa de los 160 Gatos puedes contactarlos en Facebook.